Nunca quise ser astronauta.

Mañana iré al Space Center Houston. A diferencia de muchos, yo nunca quise ser astronauta. Mi gran sueño siempre fue ser futbolista o, en un nivel más absurdo, músico. Digo que es absurdo porque jamás intenté aprender a tocar un instrumento ni me metí a clases. Solo quería serlo por arte de magia. Con el futbol fue distinto, ahí sí lo intenté, le dediqué años y llegué a dominarlo a mi manera. Ser astronauta, en cambio, era solo un cliché infantil que nunca pasó por mi cabeza de forma real.

Incluso suelo pensar que tal vez nunca llegamos a la Luna. Quién sabe. Soy un escéptico y, al mismo tiempo, un creyente devoto. Habito ambas posibilidades (como me pasa con casi todo en la vida), porque me aferro a la idea de que el ser humano es capaz de cualquier cosa.

En la película Apolo 13 (1995) hay un momento donde evocan a Arquímedes para recordar que con un punto de apoyo se puede mover el mundo. Esa es nuestra verdadera naturaleza, la de una especie que siempre busca superarse. Por eso elijo estar del lado de los soñadores, porque ahí reside la mejor parte de nosotros, esa creencia absoluta de que todo es posible.

Mañana estaré caminando por esas instalaciones y me pregunto si importa que el alunizaje haya sido verdad. Sí, como dicen, todo es político, hasta la decisión de guardar silencio, pero de esa misma forma pienso que todo puede resultar inspirador. Me maravilla pensar que logramos la hazaña inmensa de cruzar el vacío para pisar otro mundo, y me fascina casi con la misma intensidad la posibilidad de que todo haya sido un montaje, que hayamos inventado la tecnología y la narrativa visual exacta para engañar a la humanidad entera. La proeza real o el simulacro perfecto, ambas opciones me parecen sublimes y me emocionan por igual. Ambas confirman nuestra grandeza. Mañana iré a conocer el espacio, ese espacio que conquistamos o que inventamos, pero que al final es nuestro.

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