*Suena Contacto de Camilo Septimo*
Me gusta cuando encuentras algo mientras estás buscando otra cosa.
Es la una de la mañana. Mañana tengo una carrera a las 6 am y, sin embargo, a un cable de mi cuarto se le ocurrió declararse en huelga y desaparecer. Los objetos tienen esa costumbre de rebelarse justo cuando uno les otorga una importancia vital; parece que huelen la prisa.
Así que, resignado a la arqueología de madrugada, me sumerjo a buscarlo en unas cajas que viven debajo de mi cama. Ese espacio oscuro no es un simple hueco, es un archivo muerto de las cosas que fuimos. Ahí encuentro, por ejemplo, unos lentes de corredor, que rescato y acomodo en mi estante.
Al momento de acomodarlos, aparece un libro que nunca había leído.
Me lo regalaron en mi cumpleaños. Tiene una portada que me gusta y me lo dio una persona muy especial. Lo dejé ahí, estacionado, para «algún momento», sin saber que los libros deciden su propio horario de lectura. Y resulta que su momento es ahora: la una de la mañana, a solo cinco horas de que suene el disparo de salida de una carrera.
No es nada grave, solo son 10k. Pero la trampa de los 10k es que podrían ser mortales. Uno nunca sabe. El atleta amateur peca de una sutil arrogancia: tienes medallas de medio ironmans y triatlones colgadas en la pared, y asumes que una distancia corta va a ser un mero trámite de banqueta. Falso. Mi carrera más difícil fue precisamente un 10k en un triatlón en Acapulco. Esos 10k los soñaré toda mi vida.
Recuerdo el asfalto de aquel puerto irradiando un rencor térmico que parecía derretir la suela de mis tenis, y esa humedad asfixiante que convertía cada bocanada de aire en tragar vapor. Venía de nadar y de rodar; mis piernas eran dos bloques de cemento. Ahí, en medio del colapso, la distancia se levantó para cobrarme la factura completa. Acapulco me enseñó a hablarle de usted a cada kilómetro.
Pero vuelvo al piso de mi habitación. El cable sigue prófugo, probablemente absorbido por ese agujero negro que traga calcetines y se burla de mi reloj GPS. Ya no me importa. Tengo este libro entre las manos.
Paso los dedos por su textura. Sé perfectamente que a las 4:30 am, cuando la alarma rompa el silencio, mis cuádriceps van a recordar al fantasma de Acapulco y me voy a arrepentir profundamente de esta vigilia. Pero la vida cotidiana rara vez obedece al manual de las ocho horas reglamentarias. Se trata de la serendipia. De rendirse ante el hallazgo de la madrugada.
Que el asfalto espere unas horas más. A fin de cuentas, a esta hora de la noche, el único maratón que importa es el de las palabras impresas en esta página.

