*Suena Todo Final Es También Un Comienzo de Austin tv*
La muerte, para la jacaranda, es apenas un cambio de domicilio. Una mudanza del viento hacia la tierra.
Hay plantas que desafían la geometría de la tristeza, tal es el caso de la jacaranda. En nuestras calles, donde la gente suele caminar apurada, este árbol nos obliga a mirar hacia abajo.
Cuando sus hojas y flores se rinden al peso de la gravedad, no mueren; simplemente inician una segunda vida. Una vida horizontal, testaruda y bella.
El árbol fantasma
El sol actúa como un pintor melancólico y calca la silueta del tronco sobre el pavimento.
Las ramas desnudas, despojadas de su corona, proyectan sobre el suelo una intrincada red de sombras.
Y es allí, en ese lienzo de asfalto y tierra, entre banquetas grises y pasos peatonales, donde nace un árbol fantasma.
Un árbol hecho de luz y oscuridad, cuyas raíces parecen hundirse en el concreto. Este árbol de sombras está vacío, esperando ser vestido.
Y entonces, llueve el lila.
La conquista del asfalto
Las flores y hojas de la jacaranda se desprenden en un vals silencioso. No caen con la urgencia del que huye asustado, sino con la lentitud del que sabe que va a conquistar territorios. Caen como caen las buenas costumbres: de a poco, sin hacer ruido, hasta que terminan por cubrirlo todo.
El suelo, gris y olvidado, se pinta de morado. El árbol de sombras se viste ahora con el follaje que el cielo dejó escapar. Es una rebelión contra la rutina: el asfalto duro se convierte en un río de violetas, en una alfombra tejida con lágrimas púrpuras.
En esta segunda vida, las hojas caídas nos enseñan una lección de retórica natural. En el suelo, siguen siendo hermosas. Se niegan a ser simple basura u hojarasca para convertirse en pigmento, en memoria, en un eco.
La jacaranda nos murmura, con su acento de tierra y viento, que caer no es fracasar.