*suena father and son de Yusuf y Cat Stevens*
Ojalá supiera qué agradecerte más: si haberme hecho del América, o haberme regañado mil veces por no decir buenos días, gracias y por favor.
No sé cuánto de mí viene de ti. A veces creo que somos opuestos, pero luego hago algo—una frase, una mirada, una decisión sin dudar—y ahí estás tú. Como si hubieras dejado instrucciones escondidas en mis gestos.
Recuerdo tu barba que me picaba cuando me abrazabas. No me gustaba, pero igual me gustaba estar contigo. Recuerdo que discutíamos cuando me gritabas en los partidos, pero nunca me faltó nada. Recuerdo también tu aliento a alcohol, y cómo lo aprovechaba para pedirte dinero. Y aunque sabíamos que ese dinero era para otra cosa, siempre me lo dabas. Porque tú siempre has tenido tu forma de querer.
Fuimos una serie de rituales: ver Dragon Ball a la misma hora todos los días, salir en bici, ir al cine a ver películas de acción, entrenar los domingos como si fuera misa. Nunca me enseñaste a manejar, al menos no sin gritos ni choques. Pero me enseñaste cosas más importantes: a dar sin esperar, a ayudar sin condiciones, a prepararme para la vida. Me enseñaste que no se puede tener todo, pero que lo que se tiene debe aprovecharse con fuerza.
No todos tienen esa cercanía con sus padres. Lo he notado. He tenido amigos que apenas se hablan con los suyos o que nunca lo hicieron. Y eso me hizo valorar más lo nuestro. Porque lo nuestro fue futbol, fue conversación, fue carretera, fue sudor, fue rutina y sorpresa.
Mi recuerdo más feliz sigue siendo ver al América campeón contigo, en el Azteca, abrazando extraños como si fueran hermanos. Porque el América no es solo un equipo, es nuestro idioma secreto, nuestro hilo conductor. Siempre fue el pretexto. Como lo fue salir a correr, o poner una película, o entrenar en la montaña. Todo era, al final, una forma de crecer juntos.
También recuerdo los viajes en carretera, tú manejando siempre. Recuerdo cuando mi sueño de ser futbolista se rompió y veníamos de regreso los dos, en silencio. Y cuando me regalaste mi primer carro y lo llevaste tú mismo hasta Toluca, como quien entrega no un coche, sino una promesa.
Hay un recuerdo que no es mío del todo, pero me lo diste tú tantas veces que lo tengo como si lo recordará yo mismo: mi primera película en el cine fue El Rey León. Tú me lo contaste. Y este año, cuando vi El Rey León en el teatro, no pensé en otra cosa que en ti. No vi a Mufasa, te vi a ti. Vi tus enseñanzas, tus regaños, tu forma tan tuya de decir que el mundo es duro pero hay que enfrentarlo con dignidad. Eres mi Rey León. Por siempre pa.
Y luego vino otro momento que me marcó. El día que nadé 9 kilómetros y tú me acompañaste a mi lado, en el kayak rojo. (Sigo pensando que es más difícil hacer kayak 9k, que nadarlos). Esa mañana dijiste algo que me rompió por dentro: «Aquí quiero estar siempre. Cuando me muera, quiero que me esparzas en este lago.»
Nunca te lo dije, pero lloré todo el nado. Cada brazada sentía el peso de esa frase. Pero también la calma de saberte ahí. A mi lado. Como siempre. Como quiero que sigas por el resto de mi vida. Porque no hay imagen más poderosa para mí que esa: yo nadando, tú guiando. Con los ojos empañados, pero el corazón lleno.
En estos últimos años hemos compartido carreras, triatlones, medios maratones, trails, aventuras absurdas y hermosas. Y las que recuerdo con más amor son las que hicimos juntos. Siempre juntos.
Gracias por darme todo, lo bueno y lo difícil. Gracias por hacerme así. Por haber estado. Por seguir estando.
Te amo, papá.
Eres mi forma de avanzar cuando me canso.
Mi referencia cuando me pierdo.
Mi fuerza cuando dudo.
Mi casa cuando regreso.