Manual para Amarse con Cringe

*Suena Whatever de Oasis*

Hay un momento en el que uno vuelve al pasado, aunque sea en silencio. No para quedarse, sino para ver desde afuera. Y ahí, sin que nadie lo note, aparecen los signos de que cambiamos: una foto que ya no te gusta, una frase que escribiste con orgullo y ahora te da pena, una idea que defendiste a gritos y hoy apenas la recuerdas.

A veces lo llamamos cringe, pero también podría llamarse proceso.

No es fácil reconocerse en lo que uno fue. Pero es necesario. Es como ver un viejo video y notar que usabas filtros horribles, que escribías intercalando mayúsculas y minúsculas en la misma palabra, o que creías que el amor debía demostrarse todo el tiempo o que era dos playlists iguales.

Y sin embargo, en esos gestos también estabas tú. Un tú que ya no eres, pero que te llevó hasta acá.

Cambiar no es dejar de ser uno mismo. Es ir afinando.

Como cuando alguien empieza a cocinar mejor: sigue usando los mismos ingredientes, pero de otra manera.

Es bueno querer al que fuiste. Incluso si a veces te caerías mal, sabes que te darías una oportunidad, porque te ves potencial.

Es bueno también no entender por qué ciertas cosas no funcionaron.

Porque no todo tiene que tener lógica. A veces las historias no terminan, solo se detienen. Porque el tiempo no pregunta, solo pasa. Y no siempre estamos en la misma página, aunque leamos el mismo libro.

¿No te ha pasado?

Ese reencuentro incómodo con tus propios archivos.

Ver un mensaje que escribiste y pensar: ¿Yo puse eso?

O leer una vieja bio en redes y sentir la necesidad urgente de borrarla (un gran problema no recordar esas contraseñas de los 2000’s).

Pero ahí está lo hermoso: que ya no eres esa persona.

Y que si te das un momento, también puedes ver cómo has aprendido a elegir mejor. A querer diferente. A detenerte antes de actuar. A no contestar todo. A dejar ir sin dramatismo.

El crecimiento no siempre suena como una victoria. A veces suena como responder con calma donde antes gritabas.

O como solo decir “no” sin justificarte.

Así que sí: da cringe lo que hiciste y fuiste.

Pero también da gusto.

La memoria no es un simple archivo de recuerdos personales, sino un territorio donde se cruzan los destinos colectivos. Reconocer en nuestra cotidianidad lo que aquí ocurre, lo que aquí se canta o se grita, no es un accidente local sino una manifestación de esa tensión entre el olvido y la persistencia. Como bien nos recuerdan los grandes narradores de este continente, la historia no se escribe en los grandes discursos oficiales, sino en las grietas de lo vivido, en los instantes que parecen menores pero que cargan con todo el peso de la época.

Porque aunque lo niegues, en todo eso —en lo que fuiste, en lo que fallaste, en lo que soñabas— hay una versión de ti que estaba intentando. Y eso ya es bastante.

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