La Fecha En Que El Sol Regresa

Hoy es mi cumpleaños. Los cumpleaños son extraños. Son una mezcla de celebración y nostalgia. El concepto es sencillo: en teoría, el sol vuelve al mismo punto en el cielo donde estaba cuando nací, aunque nada es exactamente igual. Ni yo, ni las estrellas, ni el mundo. El cosmos, al igual que la vida, nunca se detiene; siempre es una espiral, nunca un círculo perfecto. Cada vuelta trae consigo una ligera desviación, un desvío que nos recuerda que lo cíclico no es repetición, sino transformación.

Yo nací el día 9. El nueve es también una espiral. No cierra sobre sí mismo como un círculo perfecto; se abre, avanza, pero nunca pierde su centro. Es un número que habla de finales, pero no de conclusiones. Como el final de una oración que se enlaza con la siguiente.

En las grandes cosmogonías, el nueve aparece como símbolo de orden y renovación. Los griegos veneraban las nueve musas, cada una representante de un arte o disciplina. En la cultura maya, el inframundo tenía nueve niveles, un camino que el alma debía recorrer antes de renacer. Incluso en la música, Beethoven dejó su legado más eterno en su novena sinfonía, una obra que parece contenerlo todo: desesperanza y redención, finitud y trascendencia. Aunque mi favorito siempre ha sido Mozart. Beethoven es un templo solemne, construido piedra sobre piedra para conmoverte con su grandeza. Mozart, en cambio, es un jardín donde la música brota como algo inevitable, como la hierba que crece sin pedir permiso. Si Beethoven es un arquitecto del alma, Mozart es un rizoma. Y aquí pienso en Deleuze y Guattari: el rizoma no tiene un inicio ni un final claros, surge desde el medio, como la vida misma.

Nacemos en el medio de una historia que ya empezó, sin elegir dónde ni cuándo.

Casi nunca celebro mis cumpleaños. De hecho, nunca he organizado una fiesta o reunión. Si lo festejo es porque alguien más lo ha hecho por mí. Pero me he celebrado a mi manera: he salido a correr o a nadar, he visto mis películas favoritas, he viajado, he comido mi comida favorita, he dormido, me he tatuado a mí mismo.

¿Qué se celebra en un cumpleaños?

Para los antiguos, el nacimiento y los aniversarios marcaban un reencuentro con las fuerzas del cielo. Los babilonios miraban la posición de los astros para interpretar el destino de los reyes. Los griegos celebraban los cumpleaños de sus dioses con pasteles encendidos con velas para simbolizar la luz de lo divino. En cierto sentido, seguimos encendiendo esas velas para recordar que hay algo luminoso en el hecho de existir, algo digno de ser celebrado.

Los cumpleaños a veces, parecen estaciones de servicio en una carretera: te detienes, miras hacia atrás, tomas aire y decides si sigues acelerando o desaceleras. Son un momento para hacer inventarios emocionales, listas de lo que fuimos y lo que queremos ser.

El mío está tan pegado al año nuevo que se siente como un doble inicio, un arranque corto, como entrar al partido cuando ya van quince minutos jugados.

Para algunos, los cumpleaños son rituales. Soplar velas, pedir deseos, cantar la misma canción desafinada con risas de fondo. Para otros, son días incómodos, como si la atención fuera una luz demasiado intensa sobre algo que prefieren mantener en penumbra.

Si nos vamos ahora al zodiaco, ser capricornio es ser hijo de la montaña. Es cargar con la constancia de la roca y la ambición de escalar, aunque a veces el frío nos recuerde que la soledad es el precio de llegar más alto. Si algo me gusta de Capricornio es que es un signo que desafía al tiempo y al vértigo.

Quizá, al final, los cumpleaños son solo otra manera en que la vida nos pide que no olvidemos vivir, un recordatorio de que hay momentos en que debemos cerrar los ojos y confiar en que, al completar una vuelta, el mundo se habrá movido con nosotros.

Tal vez celebrar un cumpleaños sea aceptar nuestra doble condición: lo infinito y lo efímero.

*suena Este Cosmos de Porter*

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